Aquel semestre comence a analizar todo lo que concernia a la funcion de los padres de familia. Era la segunda mitad de la decada de los 70’s. Observaba a madres arrullando a sus bebes con tiranteras de lona que se abrian como abanicos, las escuchaba llamandoles la atencion en el supermercado, preparandoles hamburguesas de soya y yogurt de frutas, veia a los papas con portabebes cargados en la espalda, comprando panales desechables, parejas tomando clases de Lamaze, ninas sin crinolinas y sin monos almidonados, ninos en denim y camisas bordadas. Todos con largos cabellos al viento. Era definitivamente una generacion con padres mas relajados, mas cercanos a los hijos, mas preocupados por el ambiente, la naturaleza, la nutricion y la libertad. Era tambien una generacion de jovenes adultos rodeados y acechados por la emboscada mas grande que cualquier generacion de jovencitos hubiera antes enfrentado: las drogas.

Era dificil ver como jovenes de mi edad cambiaban tanto con la edad. Ninos que fueron conmigo a la escuela y que escuchaban conmigo la fabulosa musica de aquellos tiempos, empezaban a vivir descontroladas vidas de adolescentes que hacian de la irresponsabilidad primero un juego y despues un peligroso “modus vivendi”. Mi vida sin embargo me habia puesto en una posicion en la que lejos de arrojarme en la gratificacion instantanea de la indolencia y el “sinrrumbismo” me daba la oportunidad de ocuparme en una labor VIP. Me sentia importante, una persona clave para alguien, capaz de proteger a otro ser humano y depositaria de la ciega fe y amor incondicional de aquella creatura. Que fortuna.

